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| Presentación del señor Carles Álvarez Garriga, con motivo de la presentación del libro "Cortázar sin bartba" de Eduardo Montes-Bradley. Jueves, 27 de enero, Auditorio de Random House Mondadori, Barcelona.
Hay un cuento muy zumbón de Pere Calders («Encàrrec de compromís») en el que al protagonista se le da una oportunidad única: un Maestro de las letras catalanas lo invita a escribir el libro para el cual él ya ha compuesto un precioso prólogo. ¿Cómo es posible —dice el escritor, palabra más palabra menos— que usted tenga listo el prólogo si yo no tengo ni idea ni de sobre qué pueda escribir ni, de hecho, de si voy a hacerlo para que usted vaya así a prologarme? «No sé si seré capaz de estar a la altura».
—No es necesario que os inquietéis —responde el prohombre, que ha perdido el hábito de que le lleven la contraria—. Mi prólogo trasciende el género. Es una pieza clave, modular, adaptable a cualquier texto, al que supera por adelantado.
Las presentaciones literarias acostumbran a dar esa impresión: a menudo parecen prólogos de encargo y son muy contadas las ocasiones en que se independizan del libro que deben presentar y se convierten en una parte autónoma, de la cual el libro es sólo preámbulo. En estos últimos actos, en los que la ceremonia de inauguración se vuelve un acontecimiento que casi da la espalda al volumen (que queda en una esquina de la mesa, cabizbajo, cariacontecido, comiéndose las uñas y comido por los celos), es entonces cuando mejor suelo pasarlo. Por ello, más que del libro en sí, voy a explicar cómo se hizo un pie de foto; más concretamente, voy a relatarles el "making off" del pie de esta fotografía.
Aprovecho así la circunstancia para reivindicar el pie de foto como género literario y como escuela de pensamiento. Y es que, señoras y señores, el pie de foto viene sufriendo desde hace más de un siglo el oprobio inmerecido de que se lo considere una especialidad adventicia. El tema es importantísimo y, a parte de Arcadi Espada (que de vez en cuando le dedica unas líneas), no veo a nadie reflexionando sobre el asunto. Y me parece incomprensible. Y me indigna y entristece a partes iguales.
La nota a pie de página tiene un prestigio, incluso su historia ha sido escrita; pero el pie de foto… El pie de foto, ¡así están las cosas!, es encargado a oscuros peones de la industria editorial, héroes anónimos a quienes se da una ilustración cualquiera (un cactus en el desierto, el edificio de la ópera de Sidney, un colibrí libando en pleno vuelo, por poner tres ejemplos) con esta orden interjectiva: "¡Eh, tú, ponle la música!"
Ante esas demandas, el anónimo héroe escribe, con displicencia y correcta ortografía: "Un cactus en el desierto". Y si es imaginativo, o cobra a tanto el espacio, añade: "… de Arizona". O escribe: "Ópera de Sidney"; y si es osado y además un poco pedante, añade: "Obra maestra de Jorn Utzon (1959-1973)". Pero, claro, frente al colibrí libando en pleno vuelo con su invisible batir de alas, nuestro anónimo héroe se detiene. Es un experto en ornitología (¿qué duda cabe de que los redactores de pies de foto son eruditos en casi todas las disciplinas?) y ha distinguido al instante la especie del picaflor, pero escribir "Colibrí zafiro oreja blanca" y, entre paréntesis y en bastardilla, "Hylocharis leucotis", le parece una innecesaria exhibición de cientificismo. Y si se lo parece a él, ¿qué no les parecerá a los correctores?
Porque los pies de foto también pasan por el Departamento de Corrección, ¿no? ¿O NO?
Esta reflexión que les brindo, viene a cuento de que, cuando Montes-Bradley nos ofreció participar en la escritura de su biografía de Cortázar, juramos que intentaríamos (por lo menos….) no cometer la chapuza de una biografía precedente —escrita por un argentino—, en una de cuyas páginas había dos fotografías: en el pie de la inferior, el conocidísimo retrato de Aurora Bernárdez y Cortázar en un bazar de la India, se lee: "Con Aurora, en un bazar DE LA JUDÍA". ¿A qué judía se refiere?, ¿de qué judía habla? A saber, puesto que en el pie de la superior —en la que también aparece Aurora Bernárdez— consta lo siguiente: «Aurora BERMÚDEZ, su primera mujer, 1969».
Contra ese descuido, esa (mala) improvisación, Montes-Bradley, Gálvez Casellas y Álvarez Garriga decidieron montar una Agencia (así la llamaron) dedicada a rastrear y subsanar cualquier desatino, hasta la extenuación o el internamiento en una clínica de salud mental de uno (o todos…) los agentes. Se propusieron, asimismo, aportar los datos más recónditos e inverosímiles en torno del personaje.
Y así es cómo el 27 de enero de 2002, a la una, cuarenta y un minutos y treinta y un segundos (hora de Florida), Eduardo mandó a sus agentes en Europa la fotografía que en la edición argentina del libro (pie de imprenta de abril de 2004, 370 gramos de peso), luce en la página 147, y hace lo propio en la 167 de la edición española, al otro lado de este figurado ring, sin pie de imprenta y 910 gramos.
La fotografía es bonita, era inédita y además planteaba varias preguntas. Como dijo Eduardo en el primer envío: "No se trata de una adivinanza sino de una verdadera intriga".
Se la había dado Aurora Bernárdez en París, sin más indicaciones. Para poder publicarla como es debido, con un pie de foto digno de tanto empeño, había que precisar:
Primero: ¿Quién es el individuo que acompaña a Cortázar?
Segundo: ¿Dónde y cuándo fue tomada?
Y tercero, lo cual resulta un desafío que revela un arrojo temerario: ¿Quién la tomó?
Averiguar lo primero (la identidad del portador de la bata de la izquierda) podría dar pistas sobre lo segundo (tiempo y lugar) y a lo mejor hasta algún indicio sobre lo tercero: el autor del disparo… Y no me parece arbitrario referir que disparo y disparate comparten etimología ni que (como me hizo ver un amigo, lexicógrafo transterrado en Zaragoza) "ambos pueden volarte la cabeza". Al mismo tiempo, disparo es un término adecuado porque asocia la idea de novela policial, familia con la que habría que emparentar el episodio que bautizamos como "El asunto de las batas" en los encabezamientos de los mensajes electrónicos que, con este propósito, cruzaron y volvieron a cruzar océanos, consumieron días y noches, volúmenes y más volúmenes, cafés y dioptrías.
Digamos enseguida que cada uno de los agentes se especializó en un aspecto: Gálvez (gran conocedor de la fisonomía humana e inclusive de su corazón, como todo hombre que vive en las montañas y hace sus pinitos como espeleólogo) descartó de buenas a primeras que el hombre de la izquierda fuera Domingo Zerpa, amigo de Cortázar en la juventud. Para ello, aplicó su legendario microscopio atómico sobre una fotografía en la que la cabecita de Zerpa apenas si tiene el tamaño de una lenteja pardina, y con la misma prontitud descartó también que se tratara de Paco Monito Reta, otro de sus amigos (amigos de Cortázar, se entiende), de este sintético modo:
"Aunque hay cierta coincidencia estructural en la zona frontal —como dijo el frenólogo al melón—, la cara del tipo del sombrero es más delgada que la del tipo del balcón. Además, el del balcón tiene una nariz mucho más ancha que el del sombrero, a menos que los claros y sombras me estén jugando una mala pasada; a lo que usted debe sumar que los labios del tipo del balcón parecen más gruesos."
Entretanto, Montes-Bradley (que escribía "A bordo de un avión en algún lugar del Caribe" o "de camino a México, a ver qué se puede rascar por aquellos lares", el muy sádico), se obsesionaba con la escenografía: si era, como sospechábamos, una pensión (¿de qué otro modo explicar que Cortázar y su acompañante ignoto lucieran idéntico batín a la vista de la calle?), si era una pensión, digo que decíamos, pero sobre todo Eduardo, que se ocupaba de tal área, preguntábase:
"La pensión de doña Micaela en la que se hospeda Cortázar en Chivilcoy (Calle Pellegrini), es de una sola planta y el cuarto de Cortázar es el primero de la derecha, es decir… A menos que sea Bolívar, pero lo dudo porque tengo una foto de la fachada del hotel de Bolívar y es también de un solo piso."
Por su parte, el agente Álvarez seguía la cuestión con un ligero distanciamiento, que alguien pudo calificar de escepticismo: meses atrás había preguntado a Lluís Permanyer —cronista de la ciudad— cómo podía averiguarse en qué casa habían residido los Cortázar en su estancia barcelonesa, y Permanyer aclaró que era casi imposible indagarlo: que habría que visitar el Registro de la Propiedad y el Registro Mercantil, donde probablemente no habría rastro porque lo más seguro es que se tratara de inquilinos, y éstos se esfuman sin dejar constancia; que habría que preguntar a los nonagenarios o centenarios del barrio, quienes, casi con toda seguridad, no iban a recordar a una familia que vivió allí apenas un par de años, más de ocho décadas atrás… (Dicho sea de paso, mi hermana menor y algunos de sus amigos del barrio de Gràcia interrogaron a todos los ancianos con que se topaban en los aledaños de la Avenida de la República Argentina —donde, por una ironía del nomenclátor urbano, se cree que pararon los Cortázar-Descotte— en busca de una tal señora Cubeles, la más vieja del lugar según los tenderos. No dieron con ella y por fortuna abandonaron la búsqueda antes de que la Guardia Urbana sospechara de aquel grupo de jovencillos que atemorizaba al vecindario, cayendo en las plazas públicas sobre los más longevos para preguntarles por una extinta familia de argentinos, o belgas…, con un niño de unos tres años y ojos de gato. Si el interrogado había nacido más tarde de 1920, lo dejaban con la palabra en la boca…) Además —continuaba advirtiendo Permanyer—, había habido una guerra civil de por medio; los consulados y embajadas no tienen obligación de conservar los documentos antiguos ("no hi resten obligades", recuerda que dijo con su bellísimo catalán)… Y, por si todo ello fuera poco (que no lo era) —concluyó Permanyer y Álvarez aprendió la lección—, si logra averiguarlo, ¿qué? "¿Cree que hay alguien que sabrá apreciar el trabajo?".
Álvarez dudaba, pero las jornadas corrían. Hasta que una noche del tercer día, al descubrir a sus amigos tan apurados, pensó (y perdón por el pensamiento): "¡Qué diablos!" Se puso el mono de trabajo y la máscara antigás y se sumergió de cabeza en el mar de ácaros de su biblioteca. Desempolvó fotocopias, desbarbó ejemplares intonsos y por fin, un par de horas después y con 40 º de fiebre autoinducida, repasó las fotografías de "El secreto de Cortázar" (el gran libro en el que Emilio Fernández Cicco estudiaba la etapa del escritor como profesor provincial), y gritó "¡Eureka!"
Al igual que sucede con en esos acertijos con los que, una vez conocida la respuesta, uno se pregunta cómo no resolvió antes el enigma (Edipo y la esfinge, por ejemplo); del mismo modo, en este caso las pistas eran tan claras que resulta imperdonable no haberse dado cuenta de inmediato.
Es cierto que en esos momentos el estudioso no disponía de la iconografía que ahora está a su alcance. No podía saber, por ejemplo, que esa foto forma parte de una serie que tiene el balcón por escenario, y la bata, por elemento de attrezzo. Eduardo tenía en la bodega una de ellas, aquella en la que aparece Cortázar en el mismo balcón, tocado con su famoso salacot. En otra —que vio la luz hace dos años en la reedición ampliada de una biografía de Cortázar escrita por un valenciano—, se lo descubre solo en el mismo balcón, desde otro ángulo y con las manos sobre los bolsillos de la misma bata.
Esta última es mala, pero en el dorso hay una información de enorme valor: una dedicatoria manuscrita que dice:
"Aunque es muy mala, te mando esta foto para que te acompañe en tu cumpleaños. Con todo el cariño de tu nieto, Cortázar. 6/5/38"
¡Seis de mayo del 38! He aquí una prueba a posteriori que demuestra la profesionalidad de la Agencia (que acertó la fecha casi a ciegas) y la torpeza de la nota a pie de foto en esa reeditada biografía, en la que se asegura que el balcón pertenece a la casa de la calle del General Artigas, en Buenos Aires. Eduardo —que ha visitado el edificio e incluso ha entrado en el piso— puede asegurarnos que no tiene balcón. (Por lo demás, en la misma nota hay otro error, éste sí elemental. Dice: "La foto es de 1938. Cortázar tiene 24 años". ¡Pues tampoco! Si fue tomada antes del 6 de mayo, Cortázar tenía 23, dado que los 24 no iba a cumplirlos hasta bien entrado el mes de agosto.)
Pero volvamos al intríngulis: lo importante de la foto de las batas es —como casi siempre en los buenos retratos— la mirada del retratado. ¿Qué insinúa Cortázar con esa media sonrisa?
Tal dirá cual y cual dirá tal, y todas las suposiciones serán válidas y todas serán arbitrarias. La Agencia llegó a esta conclusión:
"Cortázar señala con el pie la sombra que cruza el primer plano, con una sonrisa de perdonavidas; como si dijera: «¿Alguien se fijará, sesenta años a venir, en esta pista?»"
Una vez determinada la importancia de la sombra, bastaba con compararla con la imagen de la barandilla del balcón del hotel La Vizcaína, de San Carlos de Bolívar, vista de frente, reproducida en el libro de Fernández Cicco, para descubrir que siguen la misma disposición: inicio del barrote en base (seguramente clavado en el suelo) - flor de lis (llamémosle así) - raya horizontal - raya vertical sin relieve hasta siguiente raya horizontal - flor de lis - raya horizontal - remate de la barandilla. Entonces sólo había que recordar que Cortázar se alojaba en el mismo hotel con un par de colegas de magisterio (Osiris Sordelli y Adolfo Cancio), analizar las caras de éstos en otros retratos que figuraban en el mismo libro, bla, bla, bla, y redactar esta nota, de una precisión intimidatoria:
"Julio Cortázar con Osiris Sordelli. Bolívar, c. [o sea, circa] 1938."
Así va en el libro. Y más abajo de la línea que marca el fin de nota, Montes-Bradley sigue:
"1938. Julio Cortázar con Osiris Sordelli, en el Hotel La Vizcaína, de San Carlos de Bolívar, en el balcón sobre la avenida Almirante Brown. El balcón que unía el cuarto de Cortázar con el de sus vecinos estaba orientado al oeste y la sombra que proyecta sobre las baldosas registra el momento de la tarde en que Adolfo Cancio debió de haber tomado la fotografía."
Un último pormenor: el dato de la avenida Almirante Brown fue una apostilla de la investigación. Una vez archivado el expediente, uno de los agentes juzgó que quedaba sin certificar la cuestión de si, en realidad, el famoso hotel tenía balcones en la parte trasera. (Así se decía en un pie de foto, pero vaya, pero en fin, ya hemos visto qué implica atarse a la letra de los pies de foto.) A la chita callando, mandó un mensaje electrónico al webmaster de un foro de bolivarenses. Llegaron de vuelta estas palabras:
"La respuesta a su pregunta, aunque un poco tarde, es que lo que era el hotel «La Vizcaína» sí tenía balcones; en realidad un solo balcón sobre la Av. Almirante Brown. Espero que mi respuesta le sea útil y le agradezco su mensaje y comentarios.
Atte.: Moisés E. Bueno"
Por detalles como éste —y el pie de foto es sólo uno entre centenares de ejemplos que podrían contarse—, los señores prologuistas deslizaron, con la tranquilidad de espíritu y la pizca de chulería que los caracteriza, la afirmación siguiente:
"el discurso es un poco locatis pero está asentado sobre fierro."
Así lo advertía el lema que los altavoces de la Academia Libre de Belleville recitaban sin cesar: "Desvaríos, bueno; pero con rigor".
Muchas gracias. |
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