El País,
Montevideo 24 de setiembre de 2004

BIOGRAFÍA DE CORTÁZAR
DEMOLIENDO MITOS


Por Oscar Brando


Esta biografía de Julio Florencio Cortázar Descotte (1914-1984) escrita por el documentalista Eduardo Montes-Bradley prodiga sus esfuerzos para enmendar numerosas planas. Según él, muchos desbarraron al pretender fijar los datos familiares de la vida de Cortázar, en particular del período sin barba que la biografía aborda. Llega hasta 1951, año en que Cortázar regresa a Europa. El regreso, se verá, alude al retorno a su lugar de origen. El biógrafo se remonta hasta los abuelos de Cortázar para trazar, con la mayor precisión posible, las líneas de ascendencia. La tarea es ímproba y admirable. Plantea las dudas, busca disiparlas y desecha todo lo que no queda definitivamente documentado. En algunas oportunidades confronta versiones; otras veces se empeña en demoler noticias repetidas hasta el cansancio. No, el padre de Cortázar no habría ido a Bélgica en misión diplomática: no hay un solo documento en las cancillerías de Bélgica ni de Suiza, donde luego se instaló, que así lo acredite. No, Julio Florencio no aparece inscrito en el consulado argentino en Bélgica y por lo tanto no tuvo desde su nacimiento nacionalidad argentina. No hay partida de nacimiento y lo más probable, dada la fecha en que nació, es que haya sido anotado como alemán. La investigación minuciosa provee al biógrafo de datos sobre los cuales construir sus tesis. La madre del futuro escritor era hija natural y reconocida de Luis Descotte, responsable, según parece, del viaje a Bélgica para sentar una base de los negocios familiares (y ya de paso alejar a la abuela Victoria, amante de Luis y cabeza de la familia chica del galán galo-argentino; la familia grande, con quien Luis vivía, estaba radicada en Buenos Aires). La estadía pues, así planteada, no iba a ser pasajera. De allí que resulte infundado o capcioso afirmar, como lo hace tanta solapa o noticia biográfica, que Cortázar nació accidentalmente en Bruselas. Bélgica debió ser, según el biógrafo, lugar definitivo. La guerra y luego la muerte de don Luis torcerían a Julio hacia su destino sudamericano. Apenas pueda Julio regresará a Europa, dice el biógrafo, y se convertirá en francés por el resto de su vida. El primer misil hace blanco: nada menos que en la argentinidad. Si hubo accidente este fue el del naufragio en el que murió el abuelo Luis Descotte. Era 1916 y Don Luis volvía de Europa de ver a su familia chica. Su barco se hundió frente a las costas brasileras. Con él naufragaron, seguramente, los planes europeos de los Cortázar Descotte. Tal vez allí también comenzó a hundirse el matrimonio. Se sabe que el padre de Julio viajó antes que su familia a Buenos Aires. No se sabe si ya se había separado de la madre o lo haría después; tampoco se conoce con precisión el momento del regreso. Hacia 1920, en la casa de Banfield, vivían la abuela Victoria, la madre María Herminia, Julio Florencio y la hermana Ofelia: el mundo femenino del que tanto se ha hablado. La ausencia del padre excita al biógrafo a lanzar el segundo misil. Hijo del psicoanálisis, ese deporte tan argentino, Montes-Bradley no evita conjeturas atrevidas. Una bomba de superficie estima que el abandono tendría como resultado el primer cuento conocido de Cortázar, El hijo del vampiro. Una de profundidad interpreta el bloqueo de la paternidad en el escritor como efecto de esa ausencia; el conflicto, incluso, le habría impedido vivir con el hijo de su tercera mujer Carol Dunlop. Como si esto no alcanzara Montes-Bradley sugiere un enfoque de la literatura latinoamericana desde la óptica de los abandonos paternos. La hipótesis resulta fugazmente tentadora: Rulfo, Arguedas, Vargas Llosa, Neruda, García Márquez, Carpentier, Borges, Benedetti, Isabel Allende. ¿Hijos de padres ausentes, abandónicos, terribles, débiles, muertos precozmente? ¿Pero quién no? La propuesta queda momentáneamente desechada. Otros mitos de la vida de este Cortázar pre parisino van cayendo en las páginas de la biografía. La dificultad de la erre no sería asunto belga sino una forma de dislalia llamada rotacismo. No habría habido la tal enfermedad que lo hacía crecer sin pausa. La filiación política, conservadora, del joven profesor de provincia no habría llegado a las postulaciones antidemocráticas que se le atribuyeron. En este último punto no puede desconocerse que los razonamientos de Montes-Bradley coinciden con los de quienes encontraron artificial el viraje de Cortázar en los 60. La lengua siempre viperina de Cabrera Infante insinuó una barba obtenida en base a hormonas para curtir la moda cubana. Ellos extrañaron siempre al Cortázar lampiño, al esposo de Aurora Bernárdez quien, por suerte (Vargas Llosa dixit), se ocupó del entierro y evitó desbordes espurios. No todo es escandaloso en el libro de Montes-Bradley. Hay una puesta a punto de la imagen de Cortázar en los años que abarca: se atreve, en la correspondencia, a advertir, a partir de 1945, un estilo de escritura que augura al escritor que vendrá. A esa altura, cuando el libro debía empezar a ser la biografía intelectual, se arrebata y se cierra: no hay Cortázar de Sur, ni surrealista, ni admirador de Artaud. Montes-Bradley hace ameno el relato, inventa con coherencia, es desprejuiciado y antiacadémico. Tal vez solo le sobre un chiste. Las que sí sobran, enteras, son las intervenciones de los dos ayudantes de Montes-Bradley. Escriben un prólogo conversado y en algunos momentos interrumpen el libro. La advertencia es pertinente porque el prólogo logra reunir tanta estupidez en tres páginas que el lector puede sentirse tentado de tirar el libro a la basura. No lo haga: aguante o saltee que lo que sigue no lo va a decepcionar. l CORTÁZAR SIN BARBA, de Eduardo Montes-Bradley, Sudamericana, Buenos Aires, 2004. 335 págs.