El Correo de Bilbao (digital) Suplemento, cultura Bilbao, domingo, 23 de enero de 2005 Las mentiras de Cortázar Ni su padre fue diplomático ni arrastró la ´r´ por hablar francés de niño. El autor de ´Rayuela´ se inventó parte de su biografía Por Iñaki Esteban Cuidado con los biógrafos, sobre todo si tiene mal carácter. No perdonan una. Así que mejor no fantasear con orígenes familiares de alta alcurnia y aires cosmopolitas porque siempre habrá un experto en echar por tierra las mentirijillas con las que algunos adornan sus biografías. Es lo que le ha pasado al escritor argentino Julio Cortázar, que se inventó un padre diplomático y un acento afrancesado debido a que su madre, de niño, le hablaba en francés. Ninguna de estas dos circunstancias se aproxima a la verdad, según Eduardo Montes-Bradley, que acaba de publicar ´Cortázar sin barba´ (Debate), un libro al que no le falta mala leche. El autor de ´Rayuela´, nacido en Bruselas en 1914, escribió una y otra vez que él había nacido en la capital belga «accidentalmente», fruto del «turismo y la diplomacia». Estas citas aparecen en la mayor parte de las biografías, incluida la que se puede leer en su página oficial de Internet (www.juliocortazar.com.ar). Con ellas, según Montes-Bradley, se quiere subrayar la argentinidad del escritor, pues un argentino sólo podría nacer fuera de su país por accidente, nunca por necesidad. Lo cierto es que los padres de Cortázar llevaban un año viviendo en Bruselas y sus intenciones pasaban por establecerse en la ciudad. La madre del escritor fue la primera en cortar una biografía a la medida que luego su hijo vistió sin pudores. «Lo habían nombrado -al padre de Cortázar- secretario técnico de una comisión de compras del Ministerio de Obras Públicas», escribió en un artículo María Herminia Descotte, la mujer que parió al escritor. Y, más adelante, añade: «Mi marido se marchó a Buenos Aires a gestionar un consulado (...) Razones políticas se lo impidieron: él era conservador y el poder lo detentaban los radicales». La abuelita Montes-Bradley fue al Ministerio de Exteriores argentino para ver si constaba en sus archivos algún Cortázar relacionado con la diplomacia, aunque fuera de manera remota. La respuesta fue negativa. En el departamento de Obras Públicas, obtuvo la misma contestación. Tener un vínculo fluido con Europa vestía mucho en Argentina, y así Borges sacaba una y otra vez a colación todos sus antepasados ingleses. Por eso, ni la madre de Cortázar ni el hijo se resistieron a la invención. El tenor de las mentiras que descubre el biógrafo no pasa de estas venialidades y a veces cobra sentido lo que le dijo la primera mujer del autor de ´Los premios´, Aurora Bernárdez, al propio Montes-Bradley: «¿A quién le importa la abuelita de Cortázar?». Pero lo cierto es que el escritor, sí, arrastraba las ´erres´ al hablar, e insistía en que durante los primeros cuatro años de vida habló en francés. «Retuve siempre esa ´r´ afrancesada de la que jamás pude desprenderme», escribió. En realidad, Cortázar padecía un trastorno del habla. La copiosa correspondencia entre madre e hijo está en un español cargado de argentinismos, así que parece probable que ese mismo idioma fuera el que usaran para todas sus comunicaciones. En la vida del escritor hubo, a juicio de Montes-Bradley, episodios demasiado redondos como para ser verdaderos, al menos en toda su redondez. Como aquél que se refiere a la muerte de su padrastro, que murió atragantado con un hueso de pollo en la fiesta de fin de año, delante de todos los familiares. Según Cortázar, aquella muerte le había impresionado mucho. No era para menos, aunque el biógrafo se muestra muy irónico con lo del hueso del pollo en tanto que verdadera causa del fallecimiento. Montes-Bradley no se contenta con desmontar las mentiras de Cortázar, sino también aquéllas que se han tejido a su alrededor. Así, se ha escrito que segunda mujer, Carol Dunlop, fue a Canadá refugiada por su postura contra la guerra de Vietnam, cuando en realidad emigró porque estudiar en Montreal era más barato que en Boston, donde residía. Otro de los biógrafos del autor, Ernesto Goldar, sostuvo que firmó un manifiesto a favor de la Falange durante la Guerra Civil, un dato muy apetitoso para mostrar luego su entusiasmo por el régimen castrista. Un análisis detenido del manifiesto revela que no hubo ninguna firma con el nombre de Cortázar. Nada extraño, por otra parte. En 1936, el escritor contaba con apenas 23 años y era un desconocido profesor de enseñanza media en un pueblo perdido de la Pampa. Los confusos orígenes en el País Vasco Por Iñaki Esteban Aparte de la manía de meter episodios de su propia vida en la obra sobre el biografiado, una de las cosas que más inquieta de Eduardo Montes-Bradley es su laxa concepción de la geografía del País Vasco. Acerca de los orígenes familiares de Julio Cortázar, el biógrafo escribe que el apellido es «guipuzcoano, originario de la antigua merindad de Arratia». Cierto que una página de Internet, hecha en Argentina, sitúa el apellido en esa inexistente Arratia guipuzcoana, desde luego muy extraña para los vecinos de Zeanuri. Un poco más adelante, Montes-Bradley asegura que el abuelo del escritor, «nacido en Guipúzcoa», marchó a Buenos Aires en busca de fortuna y que «al poco tiempo es designado como uno de los responsables de la apertura de una sucursal bancaria en Salta». A renglón seguido, el biógrafo llama «navarro» al abuelo, lo que muestra que o bien Guipúzcoa está muy bien repartida o que a Montes-Bradley le han fallado estrepitosamente los datos. Las cosas vuelven a su cauce cuando desmonta los pretendidos orígenes de los Cortázar en un conquistador del Alto Peru. «Está claro que vienen de Guipúzcoa y no hay que darle más vueltas al asunto», remacha. Menos mal. Por fin no hay dudas. Da igual Por Enrique Portocarrero Casi da igual cómo fue realmente Cortázar, porque su propia licencia literaria para lo imaginario y fantástico permiten situar al personaje mucho más allá de la realidad. Además, una vez que se ha leído ´Rayuela´ o se han admirado los cronopios, no es difícil convencerse de que Cortázar estaba muy por encima de esa solemnidad formal que define las verdades inmutables. Pero luego están también las fotos, los instantes capturados del tiempo y la verdad, donde Cortázar se asemeja a ese paralelismo que Vargas Llosa hizo de su piso parisino: «Tan alto y angosto, sí, como su propio dueño». Un gigante de ojos traslúcidos y aspecto barbado, ya se ve, al que le gustaba mirar una foto de Louis Armstrong en silenciosa voz ronca o en muda trompeta de Nueva Orleans. Un tipo de jazz y coñac para recrear la nostalgia de la noche parisina, por eso, aunque también un personaje de maravillosa literatura arbitraria que bebía de Lewis Carroll, que se alimentaba de Poe o que respiraba de Joyce. También una personalidad entroncada con su tiempo, con la generosidad de la izquierda, con el miedo de la ´guerra fría´ y hasta con el pesar por cualquier dinosaurio de dictadura longeva. Fidelidad con los principios, pues, hasta esa entrega enferma de leucemia que un amigo porteño definió con precisión: «Un fantasma lleno de dignidad». Pero casi da igual cómo fue realmente Cortázar, ya que lo importante es la sorpresa del juego literario que inventó, el regalo escrito que dejó para subvertir lo racional con humor e imaginación y la fórmula que generó para romper lo tópico y normal con la magia del verbo y la palabra. Un Cortázar enorme, en fin, que sólo se refleja en la enormidad de su obra.