CORTÁZAR AFEITADO Y SIN ATRIBUTOS Pilar Roca, Universidade Federal da Paraíba 18 de setiembre 2004 Hay que llegar hasta el final del libro que Eduardo Montes–Bradley creyó necesario escribir sobre determinados episodios de la vida de Julio Cortázar para entender su propósito, que no es otro sino reflexionar sobre el mito del padre en la biografía del inconsciente argentino y su función distorsionadora en la auto-percepción de la argentinidad. Puede parecer una vuelta innecesaria recurrir a la parte más opaca y anodina de la vida cortaziana para reflexionar sobre uno de los autores más divertidos y fantásticos de la literatura argentina y encontrar, precisamente a la vuelta de la esquina, que es eso lo que mejor explica la imaginación fecunda de su protagonista, así como la gigantesca ausencia del padre, tema recurrente en el trasfondo afectivo de numerosos autores latinoamericanos, y el modo en que lo suple. Si Montes-Bradley confiesa admiración – él dice obsesión- por Cortázar es porque se pregunta cómo supo transformar una ausencia imperdonable en causa de una fecunda fuente creativa sin desvelar nunca su propio misterio ni abandonar su hábito de mito, a pesar de la conocida y reconocida humanidad y sencillez del biografiado. Quizás no es éste libro que busquen los críticos de su obra sino el lector curioso que quiera leer, sin demasiadas notas a pie de página sofocándole con una erudición imperdonable, los capítulos más en apariencia ingenuos de un escritor complejo. Pero sobre todo, este libro tiene dedicatoria reservada a aquellos que no pueden admirar sin mitificar, sin huir a los excesos que solo ridiculizan una figura que no necesita de atributos añadidos y exagerados sino de una lectura desinhibida donde encontrar las claves de la argentinidad, esa que se manifiesta en la relación que el colectivo mantiene con sus mitos, sus dioses, los sustitutos paternos al fin y al cabo. Montes-Bradley se interesa por poner la memoria en la justa dimensión de los hechos que marcaron la vida de Cortázar y crítica sin ambages aquellos aspectos de un comportamiento siempre conciliatorio que dejaron volar los prejuicios más comunes del lector argentino sobre sus escritores, esos operarios y elaboradores del lenguaje por donde pasa toda identidad cultural. Lo interesante es que se abre en este trabajo una reflexión libre, como Cortázar proponía en su literatura, libre para hablar sobre los errores que hacían de las menores limitaciones (la asumida dislalia) una exagerada virtud. No es un libro contra Cortázar, no es un libro a favor de Cortázar, es un trabajo sobre la superposición de las falsas lecturas de un Cortázar que supo inventarse así mismo, aunque eso sí, y siempre según Montes-Bradley, con la inestimable ayuda del mundo femenino doméstico que sabía contar cuentos como nadie. Quizás también por ello el libro haya recibido mayor atención de la crítica fuera que dentro de Argentina, en la que simplemente no se perdona que se cuestionen sus prejuicios sobre ese eterno tema sin aparente solución que consiste en definir qué es ser argentino. Una pregunta cuya respuesta una y otra vez se les escapa, por accidente, entre vocablos del francés. Y si se les escapa es, según Montes–Bradley, porque o el padre nunca está o porque habla una lengua que siendo fascinante nadie la entiende, o solo unos privilegiados, como Cortázar. Cortázar sobrevive a tanta soledad paterna, piensa el lector fallido, porque habla español con un imprescindible y patrimonial acento francés. Eso es lo que le salva, piensan propios y extraños, que hace de lo distante y exótico una cosa bien castiza. Y contra ellos escribe Montes-Bradley. O mejor, por hablar con mayor propiedad, contra ellos no, contra esos prejuicios de negarse a encontrar al padre a la vuelta de la esquina hablando un español fecundo de yeismos, checheos y porteñismos y a quien, no ya el francés, sino el castellano de la meseta le queda tan ajeno e inútil como una enciclopedia de folclore africano para manifestar sus mundos. No es difícil concluir que cuando se habla de buscar al padre y se hace relacionándolo a discusiones sobre accidentes topográficos y lingüísticos se está planteando en realidad la eterna pregunta de dónde vienen los argentinos, a la que el imaginario popular de Argentina, cuando se cansa de tanta torre de babel, suele contestar que de los barcos. Eso dice la gente de la calle, aunque algunos se empeñen en decir que el argentino nació por accidente en Argentina y por accidente habla la variante castellana de Río de la Plata o porteño con acento francés, pero siempre y en todo caso, por accidente. En resumidas cuentas, para Montes-Bradley, que cuestiona hasta las fuentes en un imposible y accidentado desencuentro con Fuentes, muestra la argentinidad como una continua construcción de su historia a contrapelo de los hechos. Y, según él, así nos va el pelo.