Autor: Montes-Bradley, Eduardo
Género: No Ficción
Fecha de Edición: 2000
Número de Páginas: 172
Editorial: NORMA Sub Género: Biografías y Testimonios

Prólogo virtual
Edición de bolsillo. Norma, 2004
por Eduardo Montes-Bradley


Alguien me alerta que en poco tiempo más, han de reeditar Soriano: Un retrato. De hecho, la amenaza se concreta y hoy está disponible en librerías la alteativa de bolsillo que pesa exactamente 0,14 Kg. y que cuenta con nada menos que ciento ochenta y cuatro páginas. Inmediatamente recurro a la billetera que llevo en el bolsillo trasero de mis jeans donde conservo una fotografía de mi hijo que ya no se corresponde con la realidad. Recuerdo el día en que la tomaron en una de las tantas sucursales de Sears donde toman la mayoría de las imágenes que pueblan las billeteras de todos. Seguramente Benjamín ya no se reconoce en el retrato, tampoco tiene porqué. Los colores se han ido desvaneciendo y de tanto mostrarla a las tías gordas, suyas y mías, siempre gordas aunque no lo sean, hay pliegues donde la emulsión no es más que una cicatriz improvisada. Cuando fue tomada la fotografía que conservo en mi billetera mi hijo era único, hoy está a punto de dejar de serlo, yo tenía mucho más pelo que ahora y la primer edición del retrato de Soriano aún no había llegado a las librerías. Pero entonces se produjo la instantánea y los lectores dieron en sus bibliotecas-billeteras con la imagen acabada de un Soriano desaparecido. Hay retratos de muertos que como aquel de Keats que hizo su amigo Joseph Seve de forma póstuma que revelan un caprichoso intento por eludir el olvido. Un retrato es una mirada congelada en el tiempo y el espacio y suele ser injustamente riguroso mal que le pese al bueno de Wilde cuyos huesos yacen muy cerca de la tumba de Julio Carrié que inspiró a Soriano en aquel otro retrato del agente secreto del “Ojo de la Patria”. Los rostros de El Fayum miran extasiados el tiempo que los desempolvó para beneficio de esa raza tan peculiar de concurrentes a museos y exhibiciones y varias generaciones buscaron, con ayuda del invento de Daguerre, conservar el instante final de sus seres queridos y bien empirifollados como si eso que hubieran retratado se pareciera en algo al muerto. Soriano: un retrato congeló un momento en la mirada de sus deudos, lectores, amigos y detractores. En ese sentido, fue más un reflejo de quienes lo concibieron que del escritor que busqué retratar. Soriano: un retrato en su edición de bolsillo, vuelve como la imagen que llevo en la billetera, en el bolsillo trasero de mis jeans, para devolverme precisamente eso, el placer de un instante.

Fragmentos:

Ariel Dorfman
Yo recuerdo exactamente el momento en que conocí a Osvaldo Soriano. Estaba en el Hotel Habana Libre, séptimo piso, jurado Casa de las Américas 1973. Y toda las obras que teníamos el jurado de la novela eran una porquería, eran de lo peor. Y yo estaba desesperado porque íbamos a tener que declarar desierto el concurso. Eran las dos de la mañana y abro algo que dice Triste, solitario y final. Tenía seudónimo. Yo empiezo a leer y era algo extraordinario, una revelación. Salí yo corriendo, desperté a todos los jurados y a los que no eran jurados también, golpeando en las puertas y gritando: “¡Eureka, eureka, lo encontré, lo encontré!” con tan mala suerte que los otros dos jurados no quisieron darle el premio. Consideraban los amigos cubanos que esto era transgresor contra Carlitos Chaplin y era demasiado a favor del Gordo y el Flaco entonces ellos decidieron no dar el premio a Osvaldo y yo tuve que hacer un voto de minoría. A raíz de lo cual, cuando el Gordo leyó que yo había hecho ese voto de minoría me mandó una carta preguntándome si podía utilizar lo que yo había dicho para el jurado de la Casa para la primera edición que le iban a sacar en Corregidor y le dije que si.

Horacio Salas
Pero hay algo que yo puedo rescatar de nuestra larga, larga amistad, de casi 25 años o más. Cuando se produjo el levantamiento de Rico en Semana Santa Había poca gente en la que uno pudiera confiar. Yo estaba en ese momento en Radio Belgrano y con el negro Pasquini Durán ocupamos prácticamente la radio durante todo el tiempo. Pensamos que el levantamiento iba a terminarse muy pronto y no queríamos que nadie que no fuera absolutamente democrático estuviera en el micrófono. Hicimos una especie de golpe de Estado en la radio y nos quedamos con un pacto de doce horas cada uno. Pero había que cubrir las doce horas, sobre todo en un momento de tanto nerviosismo y tanto temor como teníamos todos de que la situación pudiera llegar a volver el tiempo atrás. Uno de los tres o cuatro amigos que me acompañaron las cuatro noches que duró el levantamiento, las cuatro noches que estuvieron ahí en la radio soportando amenazas de bomba, toda la noche levantado hablando e intentando mantener el interés de la gente, fue el Gordo. Las cuatro noches se vino a colaborar conmigo, a poner el hombro, a estar junto no sólo a su amigo sino junto a la democracia. En un momento en que, también esto lo recuerdo, a muchos lo llamaba por teléfono y no querían siquiera salir al aire. Este es un recuerdo que siempre voy a tener conmigo porque en un momento difícil fueron muy pocos los que se jugaron a venir a la radio durante la madrugada y quedarse saliendo al aire y dar la cara en defensa de la libertad.

Martín Caparrós
Es curioso como en la Argentina la muerte limpia casi todo cuando murió Soriano me impresiono ver todos esos suplementos y artículos celebratorios que hablaban de lo buen tipo que era, de su amor por los gatos, de su bonomia, etc. y tan poco de su literatura.

Liliana Heker
Tuve oportunidad de leer sus notas periodísticas que me parecieron excelentes, también ciertas ráfagas que aparecían en sus novelas. No puedo decir que su novelística me haya fascinado pero si reconozco que tenía un talento muy especial. Y, sin duda, lo que tenía era un gran talento de llegada a la gente y eso no se puede cuestionar. Sus lectores realmente lo han querido mucho y sus amigos lo han querido mucho. Y creo que ha sido, para la gente que lo conoció y que lo conocía por ráfagas, por reportajes, por opiniones, ha sido un tipo querible y también un tipo al que le han tenido mucha bronca. Y en algunos casos creo que con razón. Creo que ha llegado en algunos casos a actos injustos.

Aida Bortnik
Ah! Que decían que era altanero. Si. Yo escuche de gente que era soberbio. Que él sabia que era muy importante, muy famoso y que como aquí se lo reconocía más como popular y se le daba menos en el lugar que merecía, la respuesta era el encierro y su soberbia. El decía que el encierro había sido siempre su afán, que en realidad una de las cosas que le había dado el éxito y el dinero era poder hacer lo que quería. Numero uno, no trabajar con horario. Numero dos, levantarse a la hora que le diera la gana. Numero tres, no ver mas que no quería ver.

Tito Cossa
Soriano estaba muy preocupado por su oficio. Estaba estudiando, leía mucho, y esos son tiempos de cuando uno está bien. El estaba muy activo y muy vivo. Es una cosa terrible, inesperada. Al día siguiente de la operación, él acababa de publicar en esos días una de sus notas en Página/12, y yo creí que era archivo porque era de las mejores. Porque a un tipo que van a operar, que está enfermo... y no, la estaba escribiendo en ese momento. Estaba escribiendo muy bien.

Martín Caparrós
Cuando murió se hablo muchísimo de él y se empezó a construir el mito, y si embargo no se vendieron muchos libros. Él, que había vendido tantos libros, en ese momento que paso a ser central y que todos los medios se ocupaban de él, esto no hizo que la gente lo leyera más. En la Argentina somos maravillosos productores de mitos. La Argentina es un país que no funciona en, prácticamente nada, que no sabe exportar prácticamente nada, salvo mitos. Hemos creado des o tres de los grandes iconos para camisetas de la segunda mitad del siglo veinte. Entre Evita, el Che y Maradona tenemos casi completo el álbum, a diferencia de países como, que se yo, Alemania o Italia o España que son mucho mas eficaces en muchas cosas pero no consiguen crear mitos. Nosotros nos dedicamos a eso.

Cadáveres ilustres y flores de plástico.
En los tensos días de espera Carré empezó a visitar su tumba, primero con curiosidad, después con entusiasmo. Desde lejos, mientras paseaba por los senderos del Père Lachaîse, vio construir la bóveda y pulir el mármol de su lápida. Debo admitir que los cementerios ejercen una seducción particular en mi. En especial si quienes allí se hospedan guardan alguna relación con la literatura. El Pere Lachaise de París es un gran hotel de cadáveres célebres a quienes agradeceré por siempre algunas de las páginas más bellas que jamás haya leído. Cuando tengo la oportunidad, no dejo de ir a visitarlos. En uno de esos macabros paseos por la necrópolis parisina tuve la oportunidad de encontrarme con una tumba de la que me había hablado Catherine, la esposa de Osvaldo Soriano. Sobre una lápida fría y enorme, se alzaba el busto de su inquilino: Julio Carrié. El epitafio: Julio Carrié, agente confidencial del gobieo argentino. Salvo por una letra, el que allí descansaba era Julio Carré, el espía de El Ojo de la Patria, uno de los relatos menos celebrados de Soriano. Una novela que él mismo se prefirió obviar en beneficio de otros textos más afortunados. Pero para mí, aquella historia fue siempre una de las que me tocaba más de cerca. Yo mismo me sentía en muchas oportunidades como el confidencial argentino, como el ojo de la patria desplazándome de un lugar al otro del Planeta sin tener muy en claro cual era mi misión si es que alguna vez hubo alguna. Lo cierto es que allí, muy junto a los restos de Oscar Wilde, tal cual está descripto en la novela de Soriano, estaban los restos de uno de los espías argentinos de quien menos se sabe. Osvaldo Soriano no había inventado un personaje para bautizarlo con un nombre que sonara a Le Carré como supuso la crítica argentina en un intento por autoreferenciarse, no. Se había tropezado antes que yo con un epitafio que debió haberle sugerido la trama de El ojo de la patria. Acaso esas pocas líneas inscriptas en el mármol bastaban para suponer un universo al revés, un mundo en el cual los argentinos no éramos espiados sino que teníamos agentes que trabajaban para nuestro gobieo en medio de una kermesse de espías perdidos en la Europa redefinida por la caída del muro de Berlín. El fin de la Guerra fría ya no era algo que Soriano miraba desde los titulares de los diarios en un lugar perdido en la nada de un continente sudamericano del que solo pueden salir Macondos, guacamayos y gente que vuela cuando hace el amor. No, el fin de la Guerra fría lo encontraba a él y a su personaje, Julio Carré entre las sombras de peligrosísimos agentes secretos de los países del este y de toda Europa. Las cenizas del Julio Carrié enterrado en el Pere Lachaise recobraban su antigua dignidad de hombre de asuntos del Estado Argentino en medio de una Europa convulsionada. Resucitanto al espía dormido Soriano resucita el mito de una Argentina más europea, de una Argentina incapaz de sentirse extracomunitaria. En ese sentido la historia detrás de la novela me pareció extraordinaria, poco frecuente. De regreso en Buenos Aires, traté de averiguar algo sobre Julio Carrié, sobre el hombre cuyos huesos descansan junto al de su esposa en aquella tumba parisina y lejana junto al de tantos otros, muy cerca del granito que revela la presencia de Oscar Wilde. En el Ministerio de Relaciones Exteriores no supieron darme información. La Cancillería parecía no tener datos sobre el hombre que yo buscaba. Había otro Julio Carrié, posiblemente el padre del protagonista de la novela de Soriano, que fue alguna vez cónsul en los países bajos, también supe de un Julio Carrié gobeador en la Tierra del Fuego de quien nadie supo decirme nada excepto que alguna vez hubo en Ushuaia una calle que llevaba su nombre. Pero el Julio Carrié que dio lugar a El Ojo de la Patria sigue siendo para mí un enigma tan grande como debió haberlo sido para Soriano cuando se encontró por primera vez frente a su imagen esculpida en piedra. Digno don Julio, sobrio, altivo, con cierto aire aristocrático, olvidado en su país y dormido para siempre en París. El escultor lo había diseñado de tal modo que, por cualquier parte que llegara el visitante, los ojos de Carré lo miraban fijo con la severidad de un patriarca. Saliendo del Pere Lachaise, sentí que don Julio me seguía con la Mirada como suelen hacerlo esos afiches quich con la imagen de un Cristo blanco y barbado que tanto sorprenden la inocencia de los niños. Me dio bronca que alguna crítica descolgada en la argentina hubiese pensado que la elección de aquel nombre fuese una manera de Soriano para referenciarse con John Le Carré como si a don Julio o al Gordo le hiciera falta recurrir a la literatura habiendo tantos cementerios plagados de historias por desempolvar. De regreso a mi aguantadero parisino pase por Le Refuge, “El bar era el único sitio neutral de la ciudad y allí se reunían los agentes de todas las potencias para cambiar chistes y jugar al ajedrez.” Me senté en una de las mesas del fondo y pensé en aquello que me había contado Felix Samoilovichde que Soriano veía lo que otros no veían. Desde entonces, he regresado a visitar a don Julio una o dos veces para regar las flores de plástico que “alguien” sombró en el cantero junto al busto. Si alguna vez el lector tiene la ocurrencia de pasar a visitar a Wilde, Morrison, Simon Signoret, Moliere o Cortázar, no dejen de visitar a Julio Carrié y su esposa (pintora) ellos y Soriano se lo agradecerán eteamente.

Notas relacionadas
Retrato de medio perfil, El Mostrador, Chile 10-8-2000
De la pantalla al libro, fotograma.com, 07-09-2000
Comentarios de la prensa italiana
Osvaldo Soriano Recensione di Gabriella Bona